¿Desde qué relatos estamos construyendo el futuro de la salud?
Por Pablo Reyes junto a Ricardo Tagle.
Hablar del futuro de la salud suele llevarnos, casi de inmediato, hacia hospitales, diagnósticos, prevención, actividad física, alimentación o tecnología médica.
Esa conversación es necesaria. Pero empieza a quedar incompleta cuando observamos con más atención las señales del presente.
El sedentarismo, la ansiedad, la obesidad, el envejecimiento poblacional, la sobreexposición tecnológica o el deterioro del bienestar emocional no aparecen en el vacío. Son síntomas visibles de formas de vida que organizan el cuerpo, el tiempo, el cuidado, la ciudad, el trabajo y los vínculos de una determinada manera.
Por eso, una pregunta empieza a ganar fuerza en los estudios de futuros:
¿Desde qué relatos profundos estamos construyendo el porvenir?
Porque toda sociedad imagina futuros desde algún lugar. Desde ciertas creencias sobre lo deseable, lo normal, lo posible y lo inevitable. Y muchas veces esas creencias operan en silencio, como si fueran sentido común.
La salud como expresión de una forma de vida
En la segunda sesión del Laboratorio de Práctica y Acción de Anticipando Futuros trabajamos esta pregunta a partir del futuro de la salud y el bienestar.
La conversación surgió en el marco del próximo Taller de Anticipación de Futuros que realizaremos junto a Ricardo Tagle, de The Human Lab, y rápidamente abrió un campo más amplio que el de la salud entendida en términos estrictamente sanitarios.
Aparecieron las ciudades, las tecnologías que median nuestras relaciones, los tiempos de trabajo, la alimentación, el descanso, la actividad física, las infancias, los espacios públicos y las formas culturales desde las cuales interpretamos el cuerpo.
La salud comenzó a mostrarse como una consecuencia sistémica.
Vivimos cuerpos atravesados por infraestructuras, pantallas, rutinas, mandatos, modelos de productividad, imaginarios de éxito y condiciones materiales. En ese entramado se configuran muchas de las posibilidades reales de bienestar.
Cuando una ciudad dificulta el movimiento cotidiano, cuando el tiempo se organiza alrededor de la hiperproductividad, cuando la tecnología captura atención desde edades tempranas o cuando el cuidado queda relegado a una responsabilidad privada, el bienestar deja de depender exclusivamente de la decisión individual.
Empieza a revelar la forma en que una cultura diseña sus condiciones de vida.
¿Qué idea de cuerpo estamos reproduciendo?
Mirar por debajo de los síntomas
Para profundizar esta conversación aplicamos Causal Layered Analysis, una herramienta desarrollada por Sohail Inayatullah, con quien tuve el honor de aprender en Dubai, en el programa FEEL de la Dubai Future Academy.
La herramienta propone observar los problemas en distintas capas.
En la superficie aparecen los síntomas visibles: indicadores, datos, noticias, cifras, eventos, diagnósticos. En el campo de la salud, esa capa incluye sedentarismo, enfermedades crónicas, problemas de salud mental, malnutrición, envejecimiento poblacional o estrés.
Debajo aparecen las causas estructurales: diseño urbano, sistemas alimentarios, acceso a espacios seguros, organización del trabajo, distribución del tiempo, modelos educativos, desigualdad territorial, incentivos económicos y capacidad institucional.
Más abajo se encuentran las visiones de mundo. Allí la conversación se vuelve más delicada, porque empiezan a aparecer las creencias desde las cuales interpretamos el problema.
La salud como rendimiento.
El cuerpo como máquina.
El bienestar como responsabilidad individual.
La productividad como valor central.
El envejecimiento como pérdida.
El descanso como culpa.
La tecnología como respuesta inevitable.
Estas ideas no son meras abstracciones. Tienen consecuencias. Organizan decisiones, presupuestos, hábitos, políticas, programas educativos, estrategias urbanas y expectativas sociales.
En la capa más profunda aparecen las metáforas que estructuran nuestra percepción. Imágenes que rara vez se explicitan, pero que condicionan lo que podemos imaginar.
Si el cuerpo se entiende como máquina, el impulso será optimizarlo.
Si la salud se asocia al rendimiento, el bienestar tenderá a medirse en términos de eficiencia.
Si el cuidado se vive como carga, difícilmente ocupe el centro de las decisiones colectivas.
Si la vida se interpreta como carrera, detenerse puede parecer una falla.
Las narrativas también diseñan sistemas
Uno de los aprendizajes más relevantes de la sesión fue reconocer que muchas conversaciones sobre salud parecen discusiones técnicas, pero están sostenidas por imágenes de mundo mucho más profundas.
Hablamos de datos, políticas, programas o indicadores. Pero por debajo también discutimos qué entendemos por una buena vida, qué cuerpos valoramos, qué ritmos legitimamos, qué formas de productividad celebramos y qué prácticas dejamos fuera del campo de lo importante.
Esto modifica la manera de pensar los futuros.
Proyectar tendencias sirve, pero resulta insuficiente cuando las narrativas de base permanecen intactas.
Una sociedad puede desarrollar mejores sistemas de monitoreo, incorporar más sensores, aumentar la capacidad predictiva o mejorar sus dispositivos de atención. Pero si las imágenes profundas que organizan la vida cotidiana siguen empujando hacia la aceleración, la inmovilidad, el consumo inmediato o la desconexión corporal, el sistema tenderá a reproducir sus propios límites.
El futuro de la salud se juega también en la capacidad cultural de imaginar otras relaciones con el cuerpo, el tiempo, el cuidado, la ciudad, la alimentación, la infancia y la comunidad.
Ahí aparece uno de los aportes centrales del foresight cultural: los futuros no emergen únicamente de variables económicas, científicas o tecnológicas. También emergen de aquello que una cultura considera legítimo imaginar.
Vivimos cuerpos atravesados por infraestructuras, rutinas y condiciones materiales.
La pregunta que viene
Quizás una de las tareas más relevantes para los estudios de futuros en los próximos años sea ayudar a revisar los relatos desde los cuales estamos diseñando bienestar.
Qué imágenes de vida estamos normalizando.
Qué idea de cuerpo estamos reproduciendo.
Qué lugar ocupa el cuidado en nuestras sociedades.
Qué entendemos por progreso.
Qué tipo de ciudad hace posible una vida saludable.
Qué formas de productividad empiezan a volverse incompatibles con el bienestar.
Qué futuros quedan bloqueados cuando no cuestionamos las metáforas que organizan nuestra percepción.
El futuro de la salud dependerá de avances médicos, mejores políticas, innovación tecnológica y evidencia rigurosa. Pero también dependerá de una transformación cultural más profunda: aprender a imaginar sociedades donde el bienestar sea una condición compartida.
Ese es el desafío.
Mirar más allá de los síntomas visibles.
Escuchar las narrativas que los producen.
Y comenzar a construir futuros donde la salud humana, social, cultural y ambiental vuelva a pensarse como parte de una misma conversación.
Taller de anticipación de futuros
Cuando desarrollas pensamiento anticipatorio, dejas de esperar el futuro y empiezas a construirlo.

